Llámame loco

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Después de unos años usando y siendo casi apóstol de los libros electrónicos, regreso al redil con la cabeza gacha y con aires de hijo pródigo: amo el libro en papel. Por todas las tonterías y locuras que lo rodean. Porque adoro abrir un libro y hundir mi nariz en el hueco que se abre entre dos páginas y olerlo. Porque me gusta pasar horas leyendo los títulos en los lomos de una librería y maldecir la falta de tiempo y de dinero. Porque me gusta que las manos se queden ásperas después de manosear los ejemplares en una librería, propia o ajena. Porque me gusta prestarlos, pedirlos prestados, olvidarlos, perderlos y reencontrarlos. Porque me gusta leerlos y conforme leo saber (no ser informado de ello, sino saberlo a ciencia cierta) cuánto queda para se acabe y así demorarme o darme más prisa. Porque me encanta encontrar una portada que me resulta conocida. Porque adoro perderme entre las montañas de libros viejos de un mercadillo o de una almoneda. Porque me puedo concentrar mucho más en el papel que en la pantalla. Porque no me resisto a rayar las líneas que me parecen más interesantes, incluso maltratar con amor aquellas ideas que no quisiera olvidar por nada del mundo. Porque me gusta leer y me gustan los libros. Son poco prácticos, resultan caros, acumulan polvos y ocupan espacio. Pero me gustan. Llámame loco.